En 1968 un joven ingeniero checoslovaco intentaba vivir de la fotografía. Había documentado representaciones teatrales y se encontraba realizando un reportaje sobre los gitanos rumanos cuando regresa a Praga en primavera. Al día siguiente de su llegada aparecen por las calles de la ciudad un gran número de tanques soviéticos. Durante varios días fotografía la resistencia popular contra las tropas invasoras.
Aquel hombre era Josef Koudelka y aquellas fotos no pudieron salir de Checoslovaquia hasta 1969. Evidentemente lo hicieron burlando la censura impuesta por el nuevo régimen. La agencia Magnum las distribuyó a algunos de los principales medios de la época. El mundo descubrió la verdad, pero no a su autor. Los pies de foto sólo indicaban que habían sido realizadas por un fotógrafo checoslovaco.
En 1970 Koudelka logra abandonar el país y pocos meses después la agencia Magnum le abría sus puertas y se convertía en miembro asociado. Podemos ver su trabajo sobre aquella primavera empapada en sangre en su libro Praga Invasion 68.
Hoy, en las calles de Teherán, hay pocos fotógrafos internacionales. Al régimen de Mahmud Ajmadineyad, como a la dictadura militar soviética que invadió Praga, sólo le gustan las fotos oficiales. Pero para su desgracia hoy pasan segundos, y no meses, para que los fotógrafos iraníes le cuenten al mundo lo que sucede en las calles. Uno de esos fotógrafos es Arash Ashoorinia, autor del fotoblog Kosoof.
Con 28 años ha publicado algunas de sus instantáneas de las protestas contra el poder iraní en el Washington Post y en otros grandes medios de todo el mundo. En 2006 Reporteros sin Fronteras le otorgó el premio al mejor blog. Pero lo más importante del trabajo de Arash Ashoorinia es que sus fotos se multiplican por numerosos blogs y en miles de mensajes de Twitter, entre otras cosas porque las distribuye con una licencia Creative Commons (más de uno debería tomar nota).
En 1968 era difícil incluso llamar por teléfono fuera de Checoslovaquia. Hoy los ayatollahs, a pesar de blindar el internet persa, no logran evitar la distribución de las imágenes de un fotógrafo del que incluso te puedes hacer amigo en Facebook.
Seguro que Arash Ashoorinia hoy, como Koudelka en 1968, no lo tiene nada fácil. Pero también es cierto que el halo de misterio con el que el trabajo de Koudelka se vio envuelto, y que le ayudó a entrar en el olimpo de la historia de la fotografía, hoy es casi imposible que pueda repetirse. Internet lo banaliza todo, pero así es la democracia digital: vulgar, pero efectiva. Seguro que Tocqueville nos lo confirmaría.
Quizá Arash Ashoorinia nunca se convertirá en un mito ni sus fotos terminen siendo recopiladas en un libro que cueste 250 dólares. La buena noticia es que Ajmadineyad tiene un poco más complicado cerrarle la boca a la gente que Brézhnev en 1968. Y al final, dejémonos de tonterías, eso es lo que de verdad importa.
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Que no le podrán callar, eso es lo que importa, está claro… Hacerse rico con un conflicto social no está de moda!