El escritor y periodista mexicano Sergio González Rodríguez, un argonauta del espanto y las twilight zones de Ciudad Juárez, Sonora y Chihuahua, donde el crimen y el Estado se aparean con un refinamiento tan brutal como clínico, compara el magnetismo que sentimos ante la crueldad y sus huellas (el “contagio del horror”) con el padecer de la acrofobia, el vértigo de altura, el “llamado del vacío”, compuesto al tiempo “de pánico y fascinación alternos frente al abismo”.
Hace un tiempo, el fotógrafo Minas Papadopuolos alojó para mí en un servicio en línea un disco de los añorados Silver Jews, uno de sus grupos favoritos. Cada vez que escucho una de las canciones, What is not but could be if, pienso en un diagnóstico médico:
La verdad no está viva o muerta
La verdad está luchando para manifestarse
Cuando le anuncié que deseaba escribir sobre sus últimas fotos, percibí en Minas la suprema noción de que está habitando el peor lugar en el peor momento. También hay twilight zones en la extraviada Europa. La Grecia natal de este fotógrafo de 33 años se asoma al abismo de la bancarrota a la que nos empujaron –y en ello siguen– los oligarcas y el laissez faire, laissez passer de la clase política.
“Esto es una locura. El futuro es incertidumbre e inseguridad. Caminamos por un campo de minas”, dice Minas (y, por favor, no sonrían ante la reiteración de nombre y bomba, no viene al caso). Asomado a la grieta, sin saber cuando llegará la próxima nómina, Minas acaba de dejar el paro y ahora vuelve a trabajar como profesor de nuevas tecnologías.
Si el hombre no mutilado, como decía Georges Bataille, sabe que “cuanto mayor es la belleza, más profunda es la mancha”, Minas hace fotos con la certeza de que todo aquello que es demasiado claro también es, de modo explícito, demasiado artificial. Le interesan las manchas porque no hay sala VIP posible y, si nos invitaran a alguna, mereceríamos la condenación. Debes mantenerte en el alambre, pero nunca contagiarte del horror
Esto ha sido. Es la pesada cruz de tantas fotografías, buenas y malas, su tendencioso (y pretencioso) mensaje. El contingente, lo que puede o no suceder, importa poco en la obra de Minas, sobre todo en la más reciente. La muchacha que emerge del mar está irrevelada, pertenece a la categoría del pensamiento salvaje antes que a la física de las ópticas y la química de los procesadores. No hay significante pero sobra profundidad.
Cuando la vi por primera vez me vino a la memoria una cita de Franz Kafka: “Mis historias son una forma de cerrar los ojos”. Conozco los pormenores (la playa atestada el pasado verano, la ausencia de ritmo de la multitud al sol, la tontuna), pero también sé que los ojos de Minas encontraron el punto ciego-abierto en medio de la entropía (“allí estaba ella, con música y baile en los pies”). Que haya optado en el cuarto oscuro por crucificar a la joven bañista con una nube de luz que elimina a los nadie a su alrededor es el privilegio que sólo un dios debe ejercer.
Lo que sucede en la segunda fotografía es aún más revelador. Roland Barthes diría que Minas ha logrado la emergencia “fantasmática” del personaje que no estaba ante la cámara pese a que, sin duda, posó ante el objetivo y fue duplicado por el encuentro de la luz y la emulsión. Pero lo que irrumpe ante el espectador (y la foto es cinemática en extremo) está más-allá del campo bidimensional del papel.
¿Un grumete del Potemkim sublevado por el rancho de carne con gusanos? ¿Un fotograma de Un chant d’amour de Genet? ¿Un salto hacia delante con respecto al orgullo infantil retratado por Sally Mann? ¿Un homenaje casi silencioso (las formas triangulares en la carrocería del autobús, la escenografía de las sombras) al Ballet Mécanique de Léger?
Todo eso y algo más. Aparte de la agilidad y el olfato para disparar una sola vez (estamos hablando de un tipo que vive en lo analógico) y conseguir la carambola perfecta, en la foto, como en muchas otras de Minas, algo casi ominoso late bajo la supuesta naturalidad. Sabemos, sentimos –es decir, entendemos, porque aquí todo entendimiento se limita, como corresponde al camino artístico, a lo sensorial–, que la soldado (es una mujer) no tiene defensas frente a las sombras de lo reglamentario.
En fin, en esta tercera obra, la que yo preferiría si algún artilugio tecnomecánico permitiese el milagro de entrar en las fotos, está la esencia de la música interna de Minas, enemigo del charloteo (por tanto, de toda esta cháchara mía) y fidelísimo cumplidor de la norma que importa: sugerir un horizonte, interpretar la excelencia del mundo y sus dádivas, explorar lo milagroso e insondable de sus misterios…
Es una Polaroid estenopéica tomada un domingo al atardecer en el puerto de la ciudad del fotógrafo, la marítima Salónica. “Subí a un edificio e hice dos tomas de mala gana, casi a regañadientes, y salieron idénticas. Tienen un sentido de dirección única que me gusta”, recuerda el fotógrafo.
A mí no sólo me complace ese deslumbrante desfile de espectros casi solarizados, sino la lección ostensible de la fotografía, su alegato contra la esclavitud de las capas, el blur digital, las máscaras de enfoque… En suma, contra el ensueño de artificio del Photoshop perversor cuyos especialistas sólo buscan que la multitud exclame: “stunning!”.
No conozco fotógrafo alguno con la intensidad visceral de Minas Papadopoulos. Su hondura es capaz de marearme y me solivianta el sin futuro que le aguarda en este momento de universalización de la fotografía digital de pacotilla.
John Cheever infirió la única opción posible: “escribir sobre las cosas más cercanas a nuestro dolor, a nuestra felicidad”. Minas es un maestro en la practica de esa religión. Dios le guarde.
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Otro artículo de calibre .45. Mi más sincera enhorabuena
Ciertas tus palabras sobre minas. Una lectura sobre las fotos muy interesante.
Salud y fuerza José.
y que tengamos un buen año.