Reportajes

Hazte la muerta

La perversión del ojo en la estética contemporánea

1 Comentario 21 Diciembre 2009

Un artículo de Paz Puente Greene

Los trailers promocionales de la cuarta entrega de la octava temporada de America’s Next Top Model sonaban a disparo a quemarropa: “No hay nada más caliente que una chica muerta”. Las imágenes que acompañaban el tagline mostraban a las concursantes del reality en varias escenas de crímenes supuestamente perpetrados por las modelos rivales. Estrangulamientos, electrocuciones, degüellos, envenenamientos, empujones desde el tejado e incluso extracción y robo de órganos.

America's Next Top Model 8' Week Four Crime Scene Victims

America's Next Top Model 8' Week Four Crime Scene Victims

La estructura del formato es sencilla. En la primera parte se muestra la convivencia y entrenamiento de las chicas en la casa, lo cual incluye, por supuesto, primeros planos de alta tensión emocional entre ellas: celos, competitividad feroz, grandes dosis de drama lacrimógeno e intervención enérgica de los mentores. El siguiente segmento es una sesión de fotos temática y finalmente, el veredicto de un jurado formado por celebrities del mundo de la moda o la televisión, diseñadores y fotógrafos.

El jurado de esta edición estaba formado entre otras luminarias por Twiggy (icono anoréxico de los 60) y Tyra Banks, ex modelo y presentadora de magazine en hora de máxima audiencia.

El tema de la sesión era “Víctimas de asesinato”.

No se nos escapa que la mayor parte de las top models avanzan por la pasarela con aspecto enfermizo, famélico y extraviado, maquilladas como si las hubieran golpeado o sacado de un burdel de las mafias del Este

No es la primera vez que vemos esta clase de escenarios en las revistas especializadas y no se nos escapa que la mayor parte de las top models avanzan por la pasarela con aspecto enfermizo, famélico y extraviado, maquilladas como si las hubieran golpeado o sacado de un burdel de las mafias del Este.

En Una Historia Natural de los Sentidos, Diane Ackerman dice que porque el ojo ama la novedad y puede acostumbrarse a casi cualquier escena, incluso al horror, muchos aspectos de la vida se desvanecen en aquello que ya no nos llama la atención. Quizás por eso, el veredicto de los jueces pasó sin reacción de colectivos feministas ni críticas encendidas en internet. Los comentarios no tienen desperdicio:

America's Next Top Model 8' Week Four Crime Scene Victims

America's Next Top Model 8' Week Four Crime Scene Victims

“Lo que es genial de esta foto es que también muerta te ves hermosa”, “Me encanta tu pierna rota”, “Haces que la ropa se vea feroz”, “En esta foto no te ves muerta, te ves como si estuvieras agonizando”, “Aunque no te veas muerta, es una gran foto”, “No fuiste tímida muriendo”, “Te has convertido en la muerte misma, cielo”.

Hasta ahora, el modo en que veíamos el mundo se veía afectado por lo que sabíamos y por nuestras creencias y mirar era un acto de voluntad, cada imagen representaba una forma particular de mirar e invocaba la presencia de algo ausente. La sobresaturación del sistema nervioso por lo visual y la manipulación publicitaria han ido limitando nuestra capacidad de responder desde un plano emocional a la idea mórbida de las cosas que se nos propone, e induce la ansiedad que pretende resolver: una insatisfacción crónica con la propia vida.

Ahora vemos el mundo con un cerebro adicto y sobreestimulado, que libera dopamina ante lo nuevo. Reaccionamos en vez de mirar, absorbemos en vez de procesar, descartamos antes de emitir un criterio, necesitamos mirar en vez de elegir hacerlo.

En el contexto de una gratificación sensorial perpetua -internet, televisión, prensa escrita, cine, videojuegos- sólo miramos lo que deseamos, la parte de la realidad que moviliza el narcisismo de las diferencias menores. La mirada neural ha suplantado la visión deliberada.

No podemos apartarla de ciertas cosas, miramos para compararnos, no para descubrirnos. Miramos para anticipar aquello en lo que podemos convertirnos. Somos más sensibles al dominio de lo aspiracional, pero mucho menos a aquello que representa lo que nos aterra ser. Somos prisioneros de un ritual estructurado de mirar para adquirir, mezcla de espectáculo, identificación, vigilancia y atracciones repulsivas.

Hace cien años el estigma, lo grotesco, lo desproporcionado, lo deforme, lo distinto, lo inusual, las ejecuciones públicas y las paradas de monstruos eran perfectamente distinguibles en un fondo de normalidad. La mirada fija sobre lo anómalo (los tullidos y los cuerpos mutilados) era considerada de mal gusto.

Portada de The Atrocity Exhibition, una obra premonitoria de J.G. Ballard

Portada de The Atrocity Exhibition, una obra premonitoria de J.G. Ballard

La sociedad del espectáculo y del consumo ha eliminado el pudor del ojo, pero también la profundidad y la empatía.

La mirada como meta, como dominio, como mecanismo gratificador e incluso como acto predatorio se replica incesantemente. Los fotógrafos ya no establecen una relación con aquello que miran (fotografiar es tocar, es tener un fugaz e intenso affair con lo mirado) sino que avanzan sobre fotos ajenas que a su vez no se relacionan con el objeto captado, lo cual va diluyendo el significante hasta la nada. El pensamiento ya no tiene que adaptarse a lo súbito y aleatorio: es raptado y petrificado por la ojeada de Medusa que es la imagen misma, institucionalizada, vergonzante, que emite siempre un único mantra “no eres si no tienes, no existes si no adoptas el modelo que se te impone”.

Se trata de una mirada incompleta, condicionada, defectuosa, ignorante y sometida. Una mirada que no piensa. Una mirada bulímica que no mastica la información que devora.

Plutarco escribió que los amuletos (fetiches) concentran las fuerzas de atracción, venciendo fascinación con fascinación, El término latino fascinatus, definía concretamente una sugestión maligna. A la fascinación, el sentido convulso y bretoniano de la imagen se suman elementos de humillación, cosificación, fetichización, degradación, sadismo y misoginia.

Es en el centro de este retablo que se ubica la fotografía de moda con sus cuerpos anémicos, debilitados, castrados de poder, representando un ideal estético y también un ideal de vida, (llevado al extremo en la campaña Nolita de Toscani, cuya modelo, Isabelle Caro, es una anoréxica de 32 kilos).

Toscani · Nolita Campaign

Toscani · Nolita Campaign

Naomi Wolf, en El mito de la belleza, dice: Las mujeres pasan hambre también, porque el movimiento feminista cambió las instituciones lo suficiente como para obligarlas a admitir mujeres, pero no lo suficiente como para cambiar el carácter masculino del poder en sí.

Biológicamente estamos programados para desear lo saludable, lo fuerte, lo fértil.

¿Por qué, entonces, la representación de la muerte y la enfermedad nos parece deseable ahora?

¿Por qué las modelos se parecen cada vez más a maniquíes y figuras de cera? ¿Por qué encontramos atractivo en poses que nos recuerdan a las muñecas de Hans Bellmer, desmadejadas? ¿Por qué la cirugía estética está imponiendo una imagen grotesca de mujer “mejorada”, y llevando el sadomasoquismo quirúrgico a la categoría de arte? ¿Por qué no nos resultan obscenas las sesiones de fotos en que las modelos adoptan los rasgos de la muerte? ¿Por qué la imagen de lo humano se aproxima a las cualidades estéticas de lo inanimado?

Hans Bellmer Poupée

Hans Bellmer Poupée

En parte, proyectamos y transferimos a esos arquetipos nuestra impotencia ante la inevitabilidad de la muerte (Memento Mori, Danza Macabra), como en siglos anteriores lo hicimos en pinturas de esqueletos o en daguerrotipos de nuestros muertos justo antes del rigor mortis, adoptando las posturas de los vivos, en algo parecido al sueño (el equivalente actual son los ojos perdidos al final de la pasarela) pero también perpetuamos un esquema en el que los hombres miran y las mujeres nos miramos siendo miradas.

Bertrand de Jouvenel afirmó que un hombre se siente más hombre cuando se impone sobre otras personas y las convierte en instrumentos de su voluntad.

Persiste la fantasía bíblica de que la mujer fue creada para el hombre, a partir de una parte de sí mismo. El hombre, a imagen y semejanza de Dios, como Dios mismo, sigue intentando crear a una mujer que satisfaga sus deseos sin cuestionar su poder, sin exigirle, sin reclamar reciprocidad.

De alguna manera, las modelos son un estadio intermedio entre la mujer viva y el marfil tibio de Galatea respondiendo al tacto de Pigmalión, tal como nos lo mostró Ovidio en Las Metamorfosis, o la Eva Futura de Villiers, o la efigie de Alma Mahler que Kokoschka sacaba a pasear y llevaba a la ópera, la Olympia de los cuentos de Hoffman, la Eliza Doolitle de My Fair Lady. Eurídice llamada desde el inframundo por el amor de Orfeo, la muñeca a tamaño natural de Berlanga, las replicantes de Blade Runner o las Stepford Wives de Ira Levin.

La mujer mejorada es una mujer domesticada, silenciosa, que siempre está de acuerdo con su dueño, no tiene migrañas, no discute, no chilla ni menstrúa. O que no tiene energía para hacerlo.

La mujer mejorada es una mujer domesticada, silenciosa, que siempre está de acuerdo con su dueño, no tiene migrañas, no discute, no chilla ni menstrúa. O que no tiene energía para hacerlo.

En Japón se están fabricando unas muñecas sexuales que se calientan, se mojan, gimen, responden a estímulos erógenos y tienen un aspecto tan real, a menudo adolescente e incluso infantil. Fascinan a los hombres, hay quienes las coleccionan y establecen relaciones sentimentales con ellas.

Japanese Sex Dolls · Reuters

Japanese Sex Dolls · Reuters

No es extraño que tanto hombres como mujeres, bombardeados por representaciones ideales, perdamos de vista lo real y que con ello, nuestra propia identidad se vea lesionada.

La mayor parte de los hombres mental y sexualmente sanos no encuentran atractivas a las modelos, y prefieren el cuerpo femenino normal, incluso con algo más de carne de la que resultaría saludable en términos médicos. Prefieren las chicas Dove e incluso reconocen sentir repulsión hacia huesos protuberantes, estéticas pedófilas, pómulos demacrados y miradas vacías.

Internet está llena de blogs en los que se critican los desastres de la cirugía estética y los crímenes del botox, y hay un consenso sobre el ridículo del Photoshop, las cinturas imposibles, los rostros irreconocibles (la última oleada meme visual la causaron una modelo de Ralph Lauren, anoréxica por obra y milagro del retoque y la cabeza de Demi Moore instalada sobre el cuerpo de Anja Rubik, al que falta un tramo de cadera, borrado de la portada del número de diciembre de W Magazine).

Montaje de la cabeza de Demi Moore sobre el cuerpo de Anja Rubik

Montaje de la cabeza de Demi Moore sobre el cuerpo de Anja Rubik

Sin embargo, seguimos intentando imitar ese modelo imposible y comprando aquello que se nos vende (necesidad frustrada e insaciable), utilizándola como referencia para establecer nuestra valía porque ya no se trata de un asunto moral o sociológico, sino de una enfermedad de la mirada, de una domesticación de la misma para el consumo, vaciada de sentido común y espíritu crítico, hecha para la exhibición continuada de atrocidades, tal como lo anticipó Ballard en su libro homónimo de relatos (1970): una sociedad en la que los mass media disolverían la realidad en la mente humana, y cuyo colapso podría predecirse en síntomas como la visión delirante, a la que la única reacción posible es perversa y demente.


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1 comentario



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  1. David Sanz dice:

    Realmente interesante el articulo, enhorabuena, y además me ha servido para llegar a otras interesantes lecturas mediante las citas utilizadas.


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