Los primeros versos de una remota canción de Harmonica Frank, The Great Medical Menagerist, podrían utilizarse como invitación para visitar los territorios de Gary Isaacs, éste o éste otro:
Damas y caballeros, fuleros, tramposos y
Domadores de conejos, acérquense y tomen asiento
Les voy a contar todo sobre una maravillosa feria de medicinas
La mejor galería posible para la obra de este fotógrafo afincado en Denver (EE UU) estaría en las barracas forzosamente sombrías de un medicine show no del todo alejado de la picaresca. El anfitrión, negociante y truhán, comercia con la materia opaca de los secretos que cada noche abandonamos sobre la almohada en forma de mapas de saliva.
El doctor Isaacs sabe que estamos perdidos para todo excepto para dejarnos arrastrar. En ocasiones anota prescripciones bajo las placas químicas de los retratos. Éste no es el más pesimista de sus diagnósticos:
Hay muchas cosas a las que debemos temer
Fantasmas, muerte, subir demasiado alto…
Hay muchas cosas a las que debemos temer
Pero la oscuridad no es una de ellas
¿Hacia dónde caminan estas tres mujeres, por ejemplo? Parecen habitantes de la República Invisible predicada por Greil Marcus, un lugar ciclotímico, al tiempo exuberante y sospechoso, liberador y perverso, portentoso y vulgar; condenadas a una jurisdicción donde las certezas se diluyen en una atmósfera demasiado espesa, a un nomadismo que no desean pero admiten: arriba y abajo a través de un malpaís, como diría otro cronista oldtimer, Cormac McCarthy.
Una de ellas, lo sabemos por el título de la foto, se llama Maria –sin la tilde hispánica–. Acaso sea el alma menos repudiada de las tres. Me atrevo a sugerirlo por el movimiento jactancioso de reservar del torso con el brazo derecho, la mirada de halcón, la cabellera-vendaval y el automóvil en segundo plano, pronosticando una escapatoria, al menos una (porque hay en el fondo un horizonte, al menos uno).
Con el mismo ánimo de un marmolista tallando una lápida (Isaacs fue sepulturero en algún momento de su juventud), el fotógrafo escribe un pie para la imagen:
Todos saben pero a nadie le importa. No causes problemas, no montes una escenita. Sigue en movimiento.
Las otras dos mujeres están inmovilizadas, despojadas de cartografía. La heroína de Winter of One , como una prófuga de un lienzo de Edward Hopper, está alienada, detenida con estoicismo entre la inclemente luz invernal que procede de la izquierda y su propia sombra sobre la pared. El instante elude con determinación los dictados de la escuela con efluvios matemáticos del instante decisivo. Al contrario, Isaacs se detiene en un sólo instante pero éste es dudoso, provisorio, y parece captado con garantía de permanencia por una lente de piedra. La foto es un salmo de muerte, un responso.
La tercera foto, Russian Roulette, mi favorita de esta mínima selección, es un antidrama a la manera deRobert Frank. Hay un vacío en el centro interno de la fotografía. El decorado de la ciudad, los ojos estrábicos de la muchacha, su facción equina, la fría cruz de las clavículas, el congelado semáforo, el pavoroso edificio blanco (¡tan parecido a un osario!) que sirve de punto de fuga… Todos los elementos convergen en un pozo intemporal donde el pasado es ambiguo, el presente no importa y el futuro repite ad infinitum el pasado.
Isaacs acompaña la pieza de un relato (¿imaginario?) que parece el fruto de un saqueo contra el buró de Sam Shepard. El protagonista, que viaja en coche hacia Las Vegas, conoce en un bar a una muchacha que decide acompañarlo. Duermen en un motel y él despierta en medio de la noche “con la certeza de que algo está apagado”. Auxiliado por la única iluminación indirecta del cuarto de baño, hace fotos a la chica mientras duerme. A la mañana siguiente, ella parece una persona distinta:
Era como si hubiese tragado el helio de un globo. Su voz era dos partes trino de pájaro y una parte Satán. Bamboleaba la cabeza como un metrónomo.
De Gary Isaacs sé dos o tres cosas: le gusta el blues, llegó al último día del Festival de Woodstock de 1969 y confía en la cosmovisión del psiquiatra Carl Gustav Jung cuando postula que “a pesar de que somos hombres de nuestra propia vida personal somos también, por otra parte, en gran medida, representantes, víctimas y promotores de un espíritu colectivo, cuya vida equivale a siglos”.
Sospecho otras: tiene ojos de vagabundo y labios sedientos, habla de tratamientos hospitalarios inocentes como manantiales de aldea, vajillas rotas, temporales de ceniza, partidas de defunción que son también de nacimiento y está cantando mientras hojea una Biblia forrada con su propia piel.
Ninguna de estas evidencias hace justicia a sus fotos, formuladas desde la trascendencia, y, porque el artista sabe que malgastar los caminos es la única forma de no malgastarnos, siempre más cercanas a la cartografía que a la ontología.
Pero que nadie intente encontrar walhallas en los mapas de este Proust de las praderas y el páramo, armado con una enorme Polaroid Land de los años cincuenta. Isaacs traza sus planos con los restos de saliva que dejamos en la almohada, el más exacto sistema de posicionamiento global para localizarnos.
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Muy buen ojo, me he revisado toda su galeria de flickr y coincido contigo russian roulette es la imagen mas acertada.
Gracias por el descubrimiento.
¡Qué gusto descubrir a un artista de esta manera! Enhorabuena por el artículo, lo he disfrutado mucho