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Nosferatu & Co.

El irresistible perfume de la sangre

4 Comentarios 03 Diciembre 2009

Un artículo de Paz Puente Greene

Nosferatu, eine Symphonie des Grauens (Nosferatu, una sinfonía del horror), conocida en castellano como Nosferatu y Nosferatu el vampiro. 1922  F.W. Murnau.

Nosferatu, eine Symphonie des Grauens (Nosferatu, una sinfonía del horror), conocida en castellano como Nosferatu y Nosferatu el vampiro. 1922 F.W. Murnau.

Dijo Edvard Munch que la fotografía es un arte que toca, prende y oprime la sangre del corazón.

No deja de ser curioso que el autor de El Grito o La Angustia, se refiera a la fotografía, y no a la pintura como capaz de causar tal estrago.

Uno se atreve a especular con la posibilidad de que en su afirmación el cine desbancase a la fotografía, de haber contemplado la sombra contrahecha de Nosferatu (Murnau, 1922) sobre el telón de un teatro o un cine lleno hasta la bandera y con los asientos infestados de garrapatas.

Quizás porque lo hizo vio confirmada su intuición de que esa cualidad de la imagen fija, la del momento detenido en la emoción pura, es en efecto, patrimonio del arte fotográfico. En el cine, el veloz avance de los fotogramas distrae de la experiencia misma de mirar (mirar desear, mirar temer, mirar sufrir, mirar morir), que es el acto de proyección del propio ser y sus universales ansias y terrores, en aquello que es mirado.

Nosferatu, eine Symphonie des Grauens (Nosferatu, una sinfonía del horror), conocida en castellano como Nosferatu y Nosferatu el vampiro. 1922  F.W. Murnau.

Nosferatu, eine Symphonie des Grauens (Nosferatu, una sinfonía del horror), conocida en castellano como Nosferatu y Nosferatu el vampiro. 1922 F.W. Murnau.

Aunque desde su época a la nuestra haya corrido mucha sangre bajo el puente -valga el improvisado juego de palabras- su frase y sus cuadros continúan sentándonos como símbolos hechos a medida de sastre, y nos sirven como como preámbulo de una reflexión sobre la fuerza e intensidad con que cada tanto, los vampiros y otras criaturas sobrenaturales, cambian de atuendo y de atrezzo e invaden nuestro imaginario colectivo para representar los retos, inquietudes y afanes de cada generación. Su travestismo cíclico satura e infiltra todos los ámbitos y formas de la cultura hasta desaparecer durante otra larga fase.

Desde los monstruos semi humanos del folklore tradicional, Vlad el empalador y las orgías sádicas de Erzébet Báthory, hasta el Drácula de Bram Stoker, los vampiros tuvieron una imagen y fueron rodeados de una iconografía cargada de elementos repulsivos, a menudo vinculados a la enfermedad, no sólo a la presencia constante del mal mismo.

En su figura confluyen multitud de preocupaciones y miedos sociales, personales, espirituales, ansiedades eróticas, deseos perversos, preguntas sobre la muerte, la libertad, la voluntad, la enfermedad, las relaciones del poder (como elemento parasitario o predatorio), las fuerzas sobrenaturales, la caducidad del cuerpo, la trascendencia del alma y fundamentalmente, esa cosa Nietzcheana que nos atrae y nos espanta a la misma vez, convirtiéndonos en aquello que miramos fijamente. El suceso de ser consumidos por aquello en lo que reparan nuestros ojos.

Resulta fascinante observar que cada vez que nos aproximamos al final de un ciclo, o estamos inmersos en una crisis global de conflicto y cambio, llegan de la nada y nos toman por completo, igual que las profecías apocalípticas.

Los vampiros y el fin inminente del mundo son obsesiones que nos ocupan y entretienen en situaciones de incertidumbre

Es más: suele ser un fenómeno paralelo y simultáneo. Los vampiros y el fin inminente del mundo son obsesiones que nos ocupan y entretienen en situaciones de incertidumbre, en épocas que anticipan guerra, en ciclos de recesión. Cumplen un papel. Su imagen nos hipnotiza, nos horroriza y nos seduce a partes iguales, nos proporciona un chivo expiatiorio, una forma concreta hacia la que dirigir aquello que nos atormenta de uno u otro modo.

El cine ha ido transformando a los vampiros, a los licántropos y a los psicópatas a lo largo de siglos.

Portada de "Bela Lugosi's Dead". Bauhaus. Agosto de 1979

Portada de Bela Lugosi's Dead. Bauhaus. Agosto de 1979

Primero fueron engendros que acudían durante el sueño en la oscuridad de la noche, para sorber el alma hasta la médula de los huesos. Y los excrementos sobre el pecho y las riestras de ajo eran la única y hedionda medida de prevenir su asalto. Aún se trataba de figuras míticas, apenas humanas, desde Transilvania al Imbunche de las islas de Chiloé. Más tarde fue Jack el Destripador en todos los periódicos londinenses, y de pronto Nosferatu, que en su exasperación expresionista resulta bello por monstruoso, e incluso digno de lástima. El Drácula de Bela Lugosi ya es sofisticado, aristocrático y elegante. Desde que el cine comenzó a dirigirnos la palabra, los vapiros empezaron a resultar cada vez más eróticos y deseables. Lugosi (incluso en su hermoso y triste papel en Ed Wood) representó el cambio más marcado hacia la forma humana. Nosferatu fue el vampiro mudo aún, pero en movimiento, casi palpable, el gran salto simbólico. Pero el Drácula de Lugosi ya era completa y peligrosamente humano.

Hemos vivido la mutación progresiva de un síntoma social (la crisis) en un símbolo

Desde entonces, y hasta hoy, en que Buffy la cazavampiros, la Saga Crepúsculo y True Blood saturan de rojo nuestras pantallas, hemos vivido la mutación progresiva de un síntoma social (la crisis) en un símbolo (el mal, la belleza inaceptable, el parasitismo, la enfermedad -tuberculosis, Sida, Insomnio, Fatiga Crónica-, la pérdida de la fe, la sexualidad perturbada, la mortalidad y la inmortalidad, el narcisismo, la decadencia de la carne, la ansiedad de trascendencia, el capitalismo, la sumisión forzada a la clase dominante y finalmente, el miedo y el deseo de genuina intimidad en conflicto). En definitiva, todo cuanto nos consume y todo cuanto deseamos consumir con avidez.

Ya no vemos crucifijos, agua bendita, estacas de madera, ajo, fuego, luz de día, colmillos, hermosos cuellos, ataúdes, castillos tenebrosos, ojos líquidos, palidez y capas negras.

Todo el atrezzo se ha adaptado a los requerimientos del marketing. Ahora son vestuarios de Calvin Klein y Levis, mucho photoshop, estrategias virales, Facebook, tramas adolescentes sospechosamente shakesperianas, vampiros abstinentes, chupados a su vez por humanos, que consumen sangre sintética (como quien consume cerveza sin), y que luchan por sus derechos sociales o ejercen sobre sí mismos un heroico autocontrol. Las marcas, la estética de videoclips, los efectos especiales, los derechos civiles de los vampiros han tomado los cines y la pequeña pantalla en una tormenta para la que sólo Harry Potter, Lisbeth Salander y seis temporadas de investigación criminal forense podían prepararnos con magia de la vieja escuela, psicópatas, tatuajes, degenerados sexuales y hemoglobina por doquier.

Una imagen de True Blood, serie de televisión de la HBO creada por Alan Ball, basada en la saga de novelas The Southern Vampire Mysteries de Charlaine Harris.

Una imagen de True Blood, serie de televisión de la HBO creada por Alan Ball, basada en la saga de novelas The Southern Vampire Mysteries de Charlaine Harris.

La clave es la intensidad, la fuerza con que las representaciones atraen nuestra atención y nos permiten procesar (distraer) nuestra impotencia a través de sus poderes sobrehumanos, nuestra soledad y nuestros conflictos interpersonales mediante una sexualidad mórbida, nuestra fobia a la entrega en el sometimiento a algo que nos apetece tanto como nos repugna, nuestra caducidad, enfermedad y muerte en la romántica y barroca maldición de la vida eterna.

Las novelas de Charlaine Harris y Stephanie Meyer no son nada del otro mundo, pero adaptadas al cine o a la televisión, están ‘educando’ sentimental y socialmente a la generación que viene de Harry Potter, y como una pandemia visual -no vamos a hablar de la gripe esta vez- recorre Facebook, My Space, Twenti y otras redes sociales inoculando y borrando a los vampiros recientes, que nos ayudaron a aceptar el Sida en los 80 (El Ansia. 1983. Tony Scott) de mano de Catherine Deneuve y David Bowie, la homosexualidad y el sadomasoquismo (Entrevista con el Vampiro. 1984, Neil Jordan), o el mismo Hannibal Lecter de El Silencio de los Corderos, que es la viva representación del vampiro emocional, del psicópata vampiro, y no sólo un mero caníbal.

Cartel de The Hunger (El Ansia) 1983. Dirigida por Tony Scott

Cartel de The Hunger (El Ansia) 1983. Dirigida por Tony Scott

En la novela de Anne Rice en la cual está basada Entrevista con el Vampiro, Louis es interrogado sobre los poderes mágicos de su naturaleza y él responde: “Todas esas cosas son… ¿Cómo se diría ahora?… Gilipolleces”.

Es cierto, y también perturbador. El vampiro ha adquirido un enorme parecido con lo que somos, sin dejar de representar lo que nunca seremos. Es una criatura ambigua, a la que en virtud omnisciente y todopoderosa de la imagen (otorgamos poder a aquello a lo que prestamos atención, por tanto quien la capta domina nuestra voluntad), ahora no sólo encarna e intenta despejar nuestros conflictos morales y emocionales, sino que se viste con nuestra ropa de marca y usa nuestros teléfonos móviles.

Quizás estemos intentando llevar a cabo nuestra propia mutación: ansiamos la belleza eterna, vendemos nuestra alma al diablo y al bisturí del cirujano estético, nos entregamos al colmillo de la sucursal bancaria que nos concede un crédito, cargamos nuestros móviles como si nos fuera la vida en ello, pasamos esa vida puertas adentro, iluminados por la pantalla de nuestro ordenador, entregados al hedonismo, la autoindulgencia, la falta de control, el narcisismo y el deterioro visible de los valores, obsesionados con ser la misma representación de la belleza en un mundo en que ya no la vemos y que por todo lo anterior nos abruma.

Ya no tememos al vampiro. Queremos serlo.

Una fotografía dedicada del actor Béla Lugosi

Una fotografía dedicada del actor Béla Lugosi

Y todo ocurre ante la imagen fija o veloz, del blanco y negro de Murnau y Lugosi a la saturación de True Blood y Crepúsculo. Nos chupa la mirada, en vez del blanco cuello.

Y lo hace en un total olvido de la estética, con efectismo, con máquinas expendedoras de sangre sin, con perfiles en redes sociales, con trailers impactantes y coreografías heredadas de Tigre y Dragón.

Tanto, tan quirúrgica y ruidosamente, que al mirar a Nosferatu, en su sombra contrahecha, en sus largas y desesperadas uñas, por el misterioso poder de los contrarios, volvemos a sentir el escalofrío trepándonos por la columna, como cuando éramos niños y aún no había hecho mella en nosotros la insensibilidad, el ansia interminable de lo que nunca podrá llenarnos.

Porque de eso se trata: de que busquemos sangre cada noche -llámese sangre a lo que sea que necesitemos más que mirar, más que sentir-, de que olvidemos a Murnau y nos metamos en unos multicines pagando cada vez más cara la entrada. De que nos hipotequemos hasta las cejas para seguir consumiendo, igual que los vampiros. De que el rojo de los píxeles nos señale como un gps la localización del próximo chute de gratificación inmediata.

Y de que nada más que importe.


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Paz Puente Greene - ha publicado 3 artículos en El Fotográfico.

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4 comentarios



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  1. ikerbera dice:

    Me niego a aceptar como vampiro a las criaturas que hoy día se muestran como vampiros.

  2. jaime dice:

    “pasamos esa vida puertas adentro, iluminados por la pantalla de nuestro ordenador, entregados al hedonismo, la autoindulgencia, la falta de control, el narcisismo y el deterioro visible de los valores, obsesionados con ser la misma representación de la belleza en un mundo en que ya no la vemos y que por todo lo anterior nos abruma.”

    Y aún sabiéndolo no nos podemos resistir.

    Brillante como siempre, Paz.


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