Si aceptamos como cierto que el fotógrafo se retrata a sí mismo en cada foto en un desdoblamiento en ocasiones inconsciente pero siempre revelador, puedo imaginar a Isa Marcelli enfrentada a lo que Herman Melville llamaba la continua “conmoción del reconocimiento”.
Esta fotógrafa de amplia paleta se busca (y encuentra) en la letanía del silencio, la divina inconsciencia de los niños, el rostro de los otros o en la blancura de luz duplicada de la melancolía y la intimidad.
Ilimitada y serena, abriendo puertas, incansable ante el tiempo, herida de realidad, sus fotos no son frutos de la vista sino de la visión. Vive retratándose, sin esclusas, viéndonos como se ve. No es la suya una terra incógnita, sino poblada de auroras, eternos comienzos, movimientos solares de cuerpos y otros peregrinajes.
Desde hace un tiempo, ha optado por la fotografía analógica. Hace aún menos, por la más limpia y añeja de sus formas, la estenopeica: el ojo de lata, madera, remolque, hangar…
Cuando se dejó llevar por el hábito de experimentar con la cámara-agujero de infinita profundidad sintió que llegaba a un terreno “nuevo y familiar al mismo tiempo”, que las fotografías estenopeicas habitan en una cercanía que las asemeja a las difusas imágenes “que guardamos en nuestros recuerdos o en nuestras almas”.
Unos días atrás, en Málaga la azul, entré en una librería de viejo para recogerme de un aguacero. Cerré el paraguas, avancé dos pasos por una persistente travesía de tomos inútiles y, al bajar la mirada por primera vez hacia el tumulto de libros colocados sobre el suelo, encontré, porque siempre te esperan los demonios que mereces, una novela casi descatalogada que buscaba en vano desde hace años, La pérdida de la imagen o Por la sierra de Gredos, de Peter Handke, de quien dije no hace demasiado que escribe “reportajes que son consciencia” y poemas “de la momentaneidad que se transforma en verbo y se inmortaliza”.
Estoy leyendo la novela. La crítica dijo que es un contra-libro, un punch a la quijada de la pandemia de realismo catódico e hipertextual de estos tiempos de impudicia y exhibicionismo. Yo no acierto a reparar en la exactitud o falacia de esas interpretaciones. Sobre todo porque, desde que compré el libro, tengo presente, como un trasfondo irremediable, las pinhole de Isa.
Esas figuras humanas de papel cebolla en medio de ningún camino, de cada camino, son, lo descubrí anoche en la voz de Handke, “imágenes centella”, aquellas viejas sombras, luces y desvaríos universales que nada tenían que ver con el ars fotográfica, sino con el tejido del mundo, la dialéctica de silencio-ruido, fulgor-tragedia, tesoro-miseria… “En virtud de la imagen abierta y que abre”, añade el novelista austriaco, “la gente estaba en conexión”.
Hay una enorme seriedad aquí, ajena a la visión universal de testigos de cargo a la que nos condenaron Kodak con sus snapshots y toda la escuela documental concebida a partir de la idea del “espejo con recuerdos” de Wendell Holmes.
Acaso el núcleo de estas fotos yermas, infecundas de todo excepto de palpitación, ronden la máxima, casi un barranco moral, enunciada por el gran Alfred Stiegtliz para dirigirse a cualquiera que tome en sus manos una cámara: “Si lo que sucede aquí dentro no puede enfrentarse a lo que pasa ahí afuera, entonces lo que sucede aquí dentro no tiene derecho a existir”. De Isa Marcelli puede decirse que merodea el aquí dentro con mayor alegría que el afuera.
He dejado para el último lugar esta imagen. Quizá llevado por mi propia fiebre, me parece estar ante un rastro de sangre que culmina una historia porosa, capaz de contener todas las historias posibles.
El personaje emerge de la hojarasca (¿o se disuelve en ella?), pero debe decirnos algo, hacernos depositarios de un encargo. Luego, en un futuro impreciso, suspirará con profundidad. Isa Marcelli, como Handke, sabe que el suspiro –y no el grito, el llanto o la discursiva– es “el sonido más íntimo del ser humano”.
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