Rayados de luz

El espectáculo me interesa, pero no me ‘punza’
Roland Barthes

Jaime Monfort, divina infancia

1 Comentario 26 Enero 2010

Un artículo de Jose Ángel González

Recelo de las fotografías que pretenden ser historia. El irascible cineasta Jean-Luc Godard, autor memorable o simplón payaso, aseveró, con su distintiva intolerancia, el eterno presente siempre necesario: “Ninguna imagen justa, justo una imagen”.

El también francés Roland Barthes, en un tono mucho menos pendenciero, sostiene que la foto “no rememora el pasado”, sino que lo restituye una vez y otra y produce “una sorpresa que dura y se renueva inagotablemente”. Postula que este ciclo crónico “tiene algo que ver con la resurrección”, como si cada foto fuese “una profecía al revés”.

Hace pocos días encontré un extracto de Friedrich Hölderlin como pie de una de las fotografías de Jaime Monfort. Son las bellísimas líneas de Hiperión dedicadas a la “divina quietud” de la infancia, la verdadera patria a la que debemos regresar después de transitar por las extrañas tierras de nuestro día a día:

En el niño sólo hay libertad. En él hay paz; aún no se ha destrozado consigo mismo. Hay en él riqueza; no conoce su corazón la mezquindad de la vida. Es inmortal, pues nada sabe de la muerte.

Jaime Monfort

Jaime Monfort

Esta foto sobre la niñez detenida (“el niño es un ser divino hasta que no se disfraza con los colores de camaleón del adulto”, sostenía Hölderlin) podría ser inmortal y no pertenecer a manos humanas. No me extrañaría encontrarla, quizá menos acrisolada, en una vivienda etrusca o un temprano fresco cretense.

Su autor, Jaime Monfort, asegura que descubrió a Hölderlin por casualidad, al día siguiente de hacer la foto, en una exposición en Valencia de la artista alemana Dorle Schimmer. A mí no me engaña.

Sigo la obra de Monfort desde hace varios años y sé que se trata de una revelación volteada, una profecía del revés. Fue el poeta alemán de la luz que purifica (“el hombre, cuando ama, es un sol que todo lo ve y todo lo transfigura”) quien ha tardado demasiado en buscar cobijo en la obra del fotógrafo.

Esta niña en escorzo es una de las dos hijas de Monfort, lo sé (ahí están los indomables rizos paternos para evidenciarlo), se llama Mariola y muestra cierta timidez porque quieren retratarla durante la hora del baño. Pero niego todo lo anterior de manera tajante. Esta niña anida en la paz orgullosa y reposada de los dorados bosques, ha regresado a la tierra natal de la que fuimos desterrados pero que nos sigue esperando.

Jaime Monfort

Jaime Monfort

Otra parábola no demasiado diferente aparece en la segunda imagen: el túnel, la carrera hacia el terreno despejado de la luz y la serenidad y quizá, otra vez como en Hölderlin, la tensión de una búsqueda, un anhelo como de avanzar hacia atrás.

Son de nuevo las hijas del fotógrafo, desde luego. Ellas (“el niño es el padre del hombre”, decía Wordsworth), fueron la causa de que el ingeniero informático Monfort fuese también fotógrafo y, para serlo, apenas se alejase del círculo íntimo. Si es cierto que todas las fotografías del mundo forman un laberinto entretejido, las suyas estarían en la zona de los pequeños rituales: para una tarde de lluvia, botas plásticas; para leer, un libro de tapas rojas; para el frío, una capucha…

Jaime Monfort

Jaime Monfort

Y, para la santidad nada mejor que jugar a la Madre de Dios en un improvisado Belén viviente durante la pasada Navidad. Monfort está siempre en guardia como un fotógrafo, pero recuadrando, y aquí lo hace con una elegancia exquisita, como un maestro flamenco.

Durante los últimos 37 años de su vida (de 1806 a 1843), Hölderlin vivió retirado en la casa de un ebanista en Tubinga. Estaba desorientado y se comportaba como un huraño simplón, no recordaba su nombre, no sabía en qué fecha transcurría la vida. Reducía el mundo a un cuarto y, luego, a la simpleza de una cama.

Escribía poco y mal, pero en sus Poemas de la locura brota de vez en cuando la iluminación acostumbrada:

separado de la naturaleza y lejos de la envidia
como si estuviera solo en otra enorme vida

Jaime Monfort nunca ha conseguido engañarme. Era él quien daba la mano al poeta en esos años de aislamiento, quien conducía su pluma para ayudarle a escribir el adverbio con la que siempre culminaba sus cartas: “humildemente” (una expresión que el fotógrafo aplica de manera tácita como signatura), quien le recordaba que la “otra enorme vida” siempre ha estado en la “divina infancia”.


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Jose Ángel González - ha publicado 9 artículos en El Fotográfico.

Jose Ángel González es periodista. En los últimos 25 años ha trabajado en prensa, radio y televisión. Publicó el libro Bendita locura, la tormentosa epopeya de Brian Wilson y los Beach Boys. Ahora es coordinador de reportajes de la revista Calle 20, donde publica la sección de nuevos valores fotográficos Revelados. También hace fotos

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1 comentario



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  1. perechulia dice:

    Hace escasamente 24 horas que descubrí “El fotográfico” entre los últimos temas publicados por Caborian e inmediatamente me sentí cautivado por la calidad de vuestros artículos.

    Ayer mismo escribí una nota en el grupo de Flickr que comparto con los compañeros del Taller de Fotografía de Burjassot, al que ya no pertenezco pero con los que sigo manteniendo una relación fluida, recomendándoles vuestra lectura.

    Hoy, al abrir vuestro último artículo me encuentro con Jaime Monfort. El mismo Jaime Monfort que también recomendé a los miembros del Taller hace ya casi dos años, y la situación me ha resultado cuanto menos graciosa.

    A Jaime lo conocí durante la primera edición de los Premios Asegur-arte. Ambos fuimos seleccionados para la fase final de aquel concurso. Luego, él obtuvo uno de los premios y yo me quedé en puertas. Desde entonces he seguido su obra, y su progresión creativa, casi a diario a través de sus actualizaciones en Flickr. He hablado personalmente con él sobre ello en algunas ocasiones y, a través de esas conversaciones, he ido descubriendo a un gran fotógrafo y a una mejor persona. Me alegra enormemente que su trabajo comience a tener el reconocimiento público que merece, y me alegra que seáis vosotros quienes lo reconozcan, entre otras cosas porque ello me reafirma, modestamente, en la idea de que acerté ayer al recomendaros ante mis compañeros y también al recomendarlo a él hace ya algún tiempo.

    Un saludo y felicidades por vuestro trabajo.


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