La catástrofe que se ha desatado sobre Haití a causa del terremoto que azotó el país, nos esta dejando un sorprendente racimo de imágenes que alimentan toda clase de especulaciones sobre sus posibles consecuencias.
Pero de entre todas ellas nos gustaría detenernos en la que nos mostraba el aterrizaje del Black Hawk y el desembarque de la 82 división Aerotransportada de los Marines de Estados Unidos en los jardines del Palacio Presidencial el pasado miércoles 20 de enero, mientras la muchedumbre se amontonaba tras las verjas.
La historia del fotoperiodismo ha estado siempre alumbrada bajo el efecto del ‘instante decisivo’, de la capacidad de situarse en el momento preciso para dar testimonio de los acontecimientos relevantes de nuestra época.
Pero en estos tiempos domina el espectáculo de las guerras televisadas en tiempo real, los acontecimientos aparecen ‘modelizados’ bajo el signo visual de las ficciones audiovisuales contemporáneas, al decir de Slavoj Zizek.
Que duda cabe que el ejemplo paradigmático de ese instante privilegiado transformado en ‘instante controlado’ sea el alzamiento de la bandera de los soldados norteamericanos en Iwo Jima en 1945, como muy bien pusiera de manifiesto la película de Clint Eastwood, Banderas de nuestros padres (2006).
La fotografía de Joe Rosenthal se ha transformado en una imagen mitológica de la cultura visual del siglo XX, asentando una genealogía de mitos modernos que, ante los ojos de Barthes, se torna trivial y cabría suponer una intención irónica de la propia mirada fotográfica como muy bien apunta el profesor Gonzalo Abril, que compara esta toma con la de los legionarios que custodiaban la enseña nacional en la ‘reconquista’ del islote de Perejil en julio de 2002.
Siguiendo el hilo de los trabajos de Abril cabe apuntar la mención a la categoría deleuziana de ‘pose’, que denomina “estos ‘instantes privilegiados’ como momentos simbólicos que condensan la significación de una escena o acontecimiento en relación a ciertas representaciones prototípicas o arquetípicas en un contexto cultural determinado” (Gilles Deleuze, La imagen-movimiento: Estudios sobre cine 1).
Un ejemplo reciente de esto mismo lo hallamos en las imágenes que pudimos contemplar cuando el 9 de abril de 2003, la estatua de Sadam Hussein fue derribada por la muchedumbre enfervorecida con la participación de un tanque de las tropas de la coalición libertadora, durante la toma de Bagdad.
La imagen marcaba un hito, un antes y un después dentro de esta controvertida guerra puesto que narraba la acción espontánea de una masa de iraquíes que ‘representaban’ simbólicamente la aceptación de una nueva realidad, impuesta por la presencia de las tropas de liberación frente a la tiranía de Hussein, que además cooperaban en el derribamiento de la efigie del dictador.
La realidad nos muestra que las cosas fueron muy diferentes y que la situación en Irak no ha dejado de ser trágica debido a los muertos que hay a diario como consecuencia de los continuos atentados ‘terroristas’, fruto posiblemente de la no tan bien aceptada nueva realidad.
Con frecuencia observamos que las tropas norteamericanas, como tal vez todos los ejércitos del mundo, llevan en sus campañas tecnología que les permite tomar documentación audiovisual de sus acciones. Imágenes cuyo registro se realiza habitualmente mediante un largo plano secuencia subjetivo de la acción que hace impensable la manipulación o un interés velado de mostrar las imágenes del suceso como algo muy diferente de lo que son, un testimonio fiel. En el reverso más siniestro de esta práctica pudimos ver las fotografías de las torturas sufridas por los prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Graib.
Es sintomático del alcance de este tipo de imágenes-testimonio, el relato que desarrolla la película ‘En el valle de Elah’ (2007), de Paul Haggis, donde la narración se articula sobre la base de las fotografías que con el teléfono toma un soldado durante su campaña en Irak, y que se revelan como indicios para la búsqueda que lleva acabo su propio padre y las posteriores pesquisas sobre las causas de su muerte.
Así, podríamos concluir, que la imagen que nos ofrecieron los soldados norteamericanos con su aterrizaje en las ruinas del Palacio Presidencial, lugar por otro lado emblemático de un país desolado y significativo de la incapacidad del gobierno haitiano por tomar las riendas de la situación, bien podrían ser la escenificación de la ’salvación’ y amigable toma del poder, marcando ese nuevo hito de las posibilidades de futuro de Haití bajo nueva bandera.
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