Mientras se entretenía en el asilo psiquiátrico suizo de Herisau con uno de sus ejercicios de subordinación favoritos, clasificar habichuelas, el anti-escritor Robert Walser (1878-1956) fue preguntado por uno de sus escasos visitantes:
-¿Qué tal la escritura? ¿Escribe usted?
Walser, que entendía el manicomio, según anota Elias Canetti, como “el monasterio de la época moderna”, no dejó de catalogar habichuelas (de limón, de garbanzo, de riñón, lisas, rugosas, negras…) mientras contestaba:
-No vine aquí para escribir, vine aquí para estar loco.
No me atreveré a sugerir que Billy Gomez transite por las calles de Seúl (Corea del Sur) con un ánimo semejante, pero encuentro parentesco entre su modo de acción, callado y de mordiente suave, y la dulce broma final de Walser que, sin que nadie lo sospechase, escribió en el asilo 526 manuscritos en mínimos retales de papel –reversos de facturas, sobres, volantes…- con una caligrafía casi microscópica y, en apariencia, tan ilegible como la poética de catalogar habichuelas (los microgramas están editados en castellano con el título de Escrito a lápiz I, II y III).
Billy Gomez, criptógrafo a su manera, redacta un diario cifrado. Cultiva la street photography pero sin la catadura cinegética de los pistoleros del teleobjetivo, simples recolectores de trofeos cuyo oficio (esperar y capturar piezas) es de tan dudosa moral como la taxidermia (¿qué maestría hay en congelar una escena situada a 100 metros de tus ojos?). Billy se acerca y es él quien busca la mordedura, recibir la bala.
La joven inmóvil en el vagón de metro, suspendida en un útero azulado en tanto el mundo se arremolina, es un buen ejemplo de los modales del fotógrafo. El arrebato de la vida moderna, la histeria de la historia, el gatillo fácil… ninguna de esas compulsiones funcionan en la imagen, que tiene la humilde condición de un “tránsito solitario”, un “sueño en vigilia”, explica el autor, otra vez hablando con el mismo tono de fuga de Wasler en sus casi ocultos microgramas.
La segunda foto tiene un bouquet cercano. Esta vez el autor se desplaza en autobús por la gran metrópoli y se ve sorprendido por una visión a su derecha: un hombre emerge de la niebla del reflejo y tuerce la mirada; una mujer orienta los ojos en la misma dirección; entre ambos, el número 24 (¿un precio?, ¿una fecha?); a la izquierda, el paseante que, con una confusa solemnidad, sale de plano…
No hay descripción posible, pero la coreografía es tangible. Podría tratarse de un profil perdu temporal, una convergencia de esencias escondidas o, como dice Billy de nuevo, “un sueño con los ojos abiertos. Creo en ellos, me parece que son los más formativos y esenciales. Suceden en pleno día, en medio de una sinfonía de ruidos y distracciones misceláneas. Son siempre más intensos que los que tengo mientras duermo”.
Esta tercera imagen, sobrecogedora en su sutileza pictorialista y, al tiempo, forzosa y deportada como todo buen documento (‘así fue cómo sucedió’), parece el fruto de un flirt quimérico entre Edward Hopper y Garry Winogrand.
Con absoluta discreción, sin afeites tecnicistas, el fotógrafo entra en la canción de la escena, en un espacio propio y único, irrepetible: la exhibición impúdica de la soledad y la fascinante belleza de las formas que adopta la melancolía en el mundo presente.
“Caminaba hacia casa. Tras la cena le había dicho a mi novia que necesitaba dar un paseo, pero luego cambié de idea y decidí comprar unas flores para ella. La floristería estaba cerrada, pero encontré esto y le vi sentido, armonía: cuando estamos con alguien, queremos estar solos y cuando estamos solos, queremos estar con alguien”.
El único lema que Billy Gomez se atreve a aplicar a su trabajo tiene que ver con la música: “Todos tenemos una canción. Intento ser un buen oyente”. El escritor Robert Walser, con quien me he atrevido, quizá de manera arbitraria, a compararle, opinaba que el artista sólo tiene dos opciones: “extasiar o atormentar a su público”, pero hacerlo sin entusiasmo, con timidez. Creo que los entrecomillados de este último párrafo podrían ser atribuidos de forma indistinta al fotógrafo o al escritor. Ambos habitan el mundo para enloquecer con sus acordes.
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Muchas gracias por descubrirnos a Billy Gómez. Gente como él o Tommy Oshima son los que hacen que quiera usar mi cámara cada día.
Qué gusto leer esta sección y encontrar otro fantástico descubrimiento. Enhorabuena.
No lo conocía y ahora lo conozco. Gracias.
Muy bueno, me encanta las series que hace, podeis ver mas en flickr.
Que buenas fotos
edward olive
fotógrafo