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Esas fotografías son basura

9 Comentarios 05 Agosto 2010

Un artículo de Francisco Gálvez

La sociedad de consumo que habitamos tiene un reverso trágico y peligroso, la otra cara de la moneda de la hiperproducción. Cada año aumenta el número de residuos que generamos, degradando rápidamente el medioambiente y poniendo en peligro nuestra salud. La fotografía, como instrumento de conocimiento social, ha dado testimonio en numerosas ocasiones de la cara menos amable del progreso.

La basura, como la electricidad o los automóviles cuya belleza ya cantaran los futuristas, es también un signo de la modernidad, que lejos de situarse al margen de nuestro hábitat, nos rodea y crece sin parar, llegando incluso a tomar un carácter artístico.

Hacer arte de la basura se convierte así en una constante cuyos inicios podríamos situar en el ‘Povera’ de los años 70. Las obras que con toda clase de materiales de desecho realizaran gente como Pistoletto o Mario Merz tenían un claro componente de rechazo a la progresiva industrialización del mundo. Un ejemplo más cercano podemos encontrarlo en la instalación ‘Waste not’, realizada para el MoMA por Song Dong, donde el artista chino formula su trabajo recogiendo y ordenando trastos en un alarde de lo que los psiquiatras llaman acumulación compulsiva.

Vista de la instalación 'Waste Not' de Song Dong, MoMa 2005. Imagen de IslesPunkFan / Neil R. Creative Commons

En este sentido podemos decir que la basura se ha convertido en un nuevo ‘leit-motiv’ cultural, una mitología moderna que pone al descubierto algunos de los fundamentos clave para desentrañar el verdadero carácter del alma humana.

Acumulación compulsiva

Todo aquello que alguien desecha por no serle útil y que abandona, forma parte también de la basura. De esos objetos inservibles son de los que se nutre el mito de los hermanos Collyer, traidos de vuelta a la actualidad de la mano del escritor estadounidense E. L. Doctorow.

El pasado año se publicó ‘Homer y Langley’, -nombres de los personajes de la novela- donde Doctorow ajusta cuentas con su memoria, dando salida al recuerdo de los sórdidos habitantes del caserón de la Quinta Avenida, protagonistas de uno de los sucesos más singulares que vivió la sociedad neoyorquina de finales de los años 40 y del que Doctorow , como él mismo ha confesado, fue testigo en su adolescencia.

Imágenes de Bettmann que acompañan el artículo sobre los Collyer publicado en 'El País semanal'. Pulsa para ver el artículo completo.

Los Collyer son dos hermanos, hijos de una familia acomodada, que un buen día deciden escapar a su entorno inmediato a través de un enclaustramiento progresivo en la casa que habitaban desde su niñez. Homer, que desde muy joven quedó ciego, fue el primero en verse forzado a la reclusión, siendo su voz la que sirve a Doctorow para poner en marcha el relato de unos acontecimientos que afortunadamente no siempre se ajustan a lo que en su día contara la prensa.

Langley sin embargo realiza continuas excursiones al exterior para proveerse de agua, alimentos y toda una serie de elementos que almacena sistemáticamente en casa. Fruto de esas pesquisas nocturnas es una gran cantidad de periódicos que han de servirle para confeccionar lo que denomina la ‘Edición única para todos los tiempos’, donde quedará perfectamente ejemplificada su personal ‘teoría de los reemplazos’ mediante la recopilación y clasificación de los acontecimientos que sufre el mundo y que han de servir a su hermano ciego como punto de referencia en el futuro, una vez que este recobre la visión gracias a una estricta dieta a base de naranjas.

Cabe preguntarse si no fueron las fotografías aparecidas en el New York Times, realizadas durante el desmantelamiento de la mansión Collyer, una vez aparecidos los cadáveres de los hermanos, lo que alimentó la imaginación de Doctorow durante años antes de escribir la novela.

El poder evocador de las imágenes permite recrear los acontecimientos yendo mucho más allá de lo que realmente se conoce acerca de sus protagonistas. Un caso parecido es el de André Gide, que aficionado como era a participar voluntariamente como miembro del jurado, elaboró toda una serie de relatos basados en casos que conoció de primera mano, como el de ‘La secuestrada de Poitiers’, que narraba el escalofriante encierro de una joven durante más de veinticinco años a manos de su propia familia. Historia, por otro lado, aderezada con todo tipo de elementos icónicos a modo de complemento.

La basura como tema fotográfico

Lo cierto es que el propio Langley Collyer tuvo su particular aparición en la prensa como consecuencia de algunos de los juicios previos a la catástrofe final. De Homer nunca conoceremos su verdadero rostro.

Imágenes de Bettmann que acompañan el artículo sobre los Collyer publicado en 'El País semanal'. Pulsa para ver el artículo completo.

Fueron, como no podía ser de otro modo si de retratar la vida de Nueva York se trata, de los hombres de Otto Bettmann, -el magnate de la fotografía-, los responsables de inmortalizar aquellos instantes donde los atónitos miembros del departamento de policía de la ciudad se adentraban en las entrañas de la morada de los Collyer a través de diminutos túneles construidos con periódicos y desperdicios durante el rescate de los cuerpos. Entre la gran cantidad de inmundicias allí depositadas durante décadas los agentes se toparon con bicicletas, decenas de pianos, algunos de ellos desguazados, esqueletos humanos, vísceras en botes de formol –el padre de los hermanos era médico de profesión- y hasta el propio coche familiar de los Collyer, un Ford T que durante una época sirvió como generador de electricidad una vez la compañía les cortara el suministro. Todo ello hizo, como dice Doctorow a través de Homer, que la casa Collyer se convirtiera en ‘una atracción mayor que el Empire State Building’.

Parte de la gran cantidad de imágenes tomadas han vuelto a ser reproducidas ahora para ilustrar las múltiples noticias aparecidas a raíz de la publicación del libro, fotografías que pertenecen al Archivo Bettmann distribuido en exclusiva por Corbis.

Echando un vistazo a las fotos no podemos sino preguntarnos, más allá de las explicaciones que podría ofrecernos un especialista en trastornos obsesivos, cuál es la razón de semejante desastre. Algunas respuestas a estos interrogantes nos las ofrece el propio Homer, que ve cómo la casa va llenándose de obstáculos, intuyendo que esta inmensa acumulación no tiene otro objetivo que salvaguardar a su hermano del miedo, viendo como se cumplen sus más temidos presagios: ¿Qué podía haber más espantoso que verse convertido en un chiste mítico? (p.195)

Papelera de reciclaje

Las fotografías de vertederos, de espacios degradados, pueden servirnos de objeto de denuncia, de prueba pericial ante los agravios hacia el medioambiente, pero ¿qué puede hacer que la basura sea tan fascinante y sea protagonista en miles de imágenes?

Que la relación entre la basura y la fotografía es amplia es algo que ya conocemos; bastaría recordar el caso de Miroslav Tichý, el indigente checo autor de una extensa colección de fotografías, -por las que ahora se pagan miles de euros-, realizadas enteramente con desechos, incluidas las cámaras con las que dispara, como ya dio noticia de ello ‘el fotográfico’.

La basura puede ofrecerte instantes únicos como este. Doctorolvido. Creative Commons

En otras ocasiones es de la propia basura de donde se rescatan auténticos tesoros. Y es que parece que los tiempos que corren no son buenos para andarse con romanticismos guardando trastos, y es habitual encontrarse en los contenedores con las fotos que pacientemente muchos aficionados hicieron durante toda una vida. Son muchos los usuarios de Flickr que dedican su espacio a rescatar estas imágenes y a compartirlas en la red, y aunque no se traten de negativos de Robert Capa o de Ansel Adams, la cosa tiene su interés, porque no deberíamos olvidar que detrás de todas esas fotos, siempre podemos encontrar una historia.


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Francisco Gálvez - ha publicado 8 artículos en El Fotográfico.

Es licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Castilla La Mancha. Reparte su actividad profesional entre la docencia y el diseño gráfico. Colabora habitualmente con sus ilustraciones en la veterana revista El viejo topo. Tiene un proyecto artístico que hace poco dejo de ser secreto, de vez en cuando hace alguna foto, y sigue viendo algunas películas en VHS. Fue colaborador de la sección de fotografía de Soitu.

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Tus comentarios

9 comentarios



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  1. David G. Casado dice:

    Interesante artículo que da para gran debate. Fascinante también la película de los hermanos Maysles sobre Edith Beales, madre y su hija del mismo nombre, tía y prima respectivamente de Jackie Kennedy rodada en su mansión Grey Gardens. Historia viva que se convirtió en basura.

  2. Mísitco dice:

    “En este sentido podemos decir que la basura se ha convertido en un nuevo ‘leit-motiv’ cultural, una mitología moderna que pone al descubierto algunos de los fundamentos clave para desentrañar el verdadero carácter del alma humana.”

    Plas, plas, plas. Lo peor de todo es que estarás orgulloso por escribir algo tan ‘profundo’.

    En serio colega, este párrafo no hay por dónde cogerlo: carece de todo sentido. No te puedes poner crítico con la modernidad y afirmar al mismo tiempo que existe un “verdadero carácter del alma humana”. Si te quieres dedicar a la ontología estudia filosofía (en la universidad o por tu cuenta) pero, por favor, no vayas de profundo diciendo sandeces.

    Por cierto, ya me contarás que coño tiene que ver la crítica al consumismo (lo cual confundes aberrantemente con modernidad) con descubrir la esencia humana…

  3. El enésimo payaso anónimo ha hablado. No hay crítica alguna a la Modernidad sino historiografía cultural. Ponte tu a estudiar algo y déjate de ataques personales.

  4. sedfef dice:

    ghgtrgawghdxbvswhrfgjfnr


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